Esa es, al mismo tiempo, una de sus mayores virtudes y una de sus debilidades más peligrosas.
En una democracia, la libertad de expresión no viene acompañada de un certificado de inteligencia, honestidad o buena intención. El ignorante puede hablar. El mentiroso puede hablar. El fanático puede hablar. El demagogo puede hablar. Y, naturalmente, también puede hablar quien intenta decir la verdad.
La democracia acepta ese riesgo porque la alternativa puede ser todavía peor: otorgarle a alguien —al gobierno, a un partido, a una institución o a una élite— la autoridad para decidir qué opiniones son suficientemente verdaderas, razonables o aceptables como para ser escuchadas.
Pero aquí aparece la paradoja.
Dar a todas las personas el derecho a hablar no significa que todas las ideas tengan el mismo valor.
Una falsedad no se convierte en verdad porque millones de personas la repitan. Una estupidez no adquiere sabiduría porque sea popular. Una afirmación ofensiva no se vuelve razonable porque esté protegida por la libertad de expresión. La democracia garantiza, dentro de ciertos límites legales, el derecho a expresarse; no garantiza que aquello expresado merezca respeto, credibilidad o aceptación.
El problema se vuelve todavía más profundo cuando pasamos de la simple libertad de expresión a la capacidad de amplificación. Antes, una persona podía decir un disparate frente a diez personas. Hoy puede decir exactamente el mismo disparate frente a diez millones. La tecnología no necesariamente hizo nuestras ideas más inteligentes; hizo extraordinariamente eficiente su distribución.
Y ahí quizás encontramos uno de los grandes dilemas de la democracia moderna: confundimos el derecho a tener una voz con el derecho a tener una audiencia.
Todo ciudadano puede tener derecho a expresarse, pero ninguna democracia puede prometer que cada expresión merece un micrófono, un estudio de televisión, un millón de seguidores o el mismo peso que una afirmación respaldada por evidencia.
Por eso una democracia saludable necesita algo más que libertad de expresión. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre derecho y mérito, opinión y conocimiento, popularidad y verdad.
De lo contrario, ocurre algo irónico: la libertad creada para permitir que la verdad desafíe al poder puede terminar siendo utilizada para que la mentira adquiera poder.
La democracia no fracasa necesariamente porque permita hablar al absurdo. Comienza a fracasar cuando pierde la capacidad de reconocerlo como absurdo.
–La democracia le da voz a lo absurdo, a lo ofensivo y a la mentira. Su supervivencia depende de que también nos enseñe a reconocerlos.




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